El día después.

¡Qué decir!
Pues lo que le he dicho a todo con el que me he cruzado: No quepo en mi de gozo.
Por todo lo que ha salido bien y por todo lo que ha salido mal, corroborando que estoy en la decisión correcta.
Por un lado el tifo, el banderón, las pancartas, la gente, el partido, esos kalimotxos y esas inglesas, el frío, mi chilaba y mi incompetencia a la hora de ligar.
Por otro cierta actitud que me corrobora que mi lugar está lejos de aquí. Pero incluso esto me hace feliz.
¿Felicidad? Paparruchas para débiles de mente. No existe, pero el estado en el que ahora mismo me hallo y en el que llevo durante toda la mañana es algo indescriptible aunque ya alguien anteriormente le haya puesto una etiqueta.
Agrado por el buen trabajo hecho; propio, común y ajeno. Ver disfrutar a gente a la que tienes aprecio. Saber que una victoria de los pobres vale millones de veces más que una de los ricos. Haber elegido el mejor día para no ir a trabajar.
Quizá sea por la falta de horas de sueño, por la amalgama de sentimientos encontrados o por el simple hecho de la victoria pero por favor, solo una vez por temporada, que esto es demasiado dulce como para pervertirlo acostumbrándose a ello.

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